HABITANTES DESNUDOS DE LA PENUMBRA
Palabras al catalogo de la exposición Habitantes desnudos de la penumbra.
Madrid. Febrero 2007. Gregorio Vigil – Escalera.
Humberto Viñas, cubano de origen canario, por lo tanto isleño, mejor dicho, doblemente isleño, es un pintor que crea una visión plástica que juega y conjuga fantasía y cosmografía cálida, magia y luz del trópico. Mestizaje de formas geométricas con raíces afrocubanas y luces caribeñas que nos invitan a ver poesía, a imaginar mundos donde criaturas, efigies, iconos, seres, figuras y rostros nos hablan, nos gritan y hasta nos susurran. Lo onírico y una base expresionista se funden y revitalizan para dar a luz a este designio.
Un día hablando con él (¿quién mejor que el propio artista para enseñarnos las claves de su obra?), me dijo que los vientos que asolan el malecón habanero poblaban su mente y su mirada de habitantes que le pedían salir y dejarse ver en la noche que acuna la ciudad rota. Sólo era él el que podía ser intérprete y taumaturgo de unos pobladores, siempre femeninos, que quieren navegar con las balsas de sus vidas por las calles viejas envueltos en las penumbras de su desnudez. En ocasiones es hasta cruel pues brazadas de rojos y azules manchan sus muslos y caderas como queriendo quitarles, despojarles de su condición humana, ya que los rostros quedan fuera, en la noche, ajenos al resto de su cuerpo. Los fija en sus ojos y después los plasma como islas y archipiélagos perdidos en su historia.
En sus lienzos aparecen dúos, tríos, solitarios enclaustrados en los vaivenes de una ciudad que les reclama más sufrimiento y también más existencia. Abrasados por la nitidez de esa luz y ese color que sabiamente imprime en sus lienzos, muestran la fuerza y la emoción de esas mujeres perennes que ansían la comunicación, la transferencia de un sentimiento de turbación que sabe arraigarse en nosotros, los espectadores, los que intentamos descifrar los misterios de una obra tan singular.
En él, al pintar, se desencadena aquello que decía José Carlos Somoza: “las tinieblas y los sueños se parecen en algo: ambos provocan visiones intensas”. Matisse también consideraba que “un gran pintor es el que encuentra signos personales y perdurables para explicar plásticamente el espíritu de su visión”. Humberto, luchando a partir de lo que metafóricamente podemos apreciar como una geografía de contornos muy limitados, es un claro exponente de este credo, especialmente por la densidad de una obra que surge y nace en un microcosmos cerrado.
En este pintor se constata el ejemplo de como en un entorno tan acotado y escaso de referencias globales se construye un proyecto que derivará en un escenario de símbolos universales. Un viaje desde la introspección a la extroversión, desde una geografía cerrada a una geografía abierta.
Y hay que destacar un factor básico en el trabajo de Humberto: la claridad de la que emana la definición de su visión estética, lo que en cada momento le demanda su impulso vigoroso, la soledad y la melancolía que contaminan la materia plástica, la vibración que se escucha en la contemplación de esas apariciones que festejan y hasta aman su angustia. En ocasiones le invade una enajenación crepuscular al asomarse por la ventana de sus propias telas, por la celosía que configura el alba de su atosigante vértigo. Ha terminado por comprender qué es lo único que define a un artista (Gottfried Fliedl): la fuerza para mostrar su propio mundo interior que no ha existido antes que él y que nunca más existirá después de él.
Ejemplifica la fórmula de Braque: la forma y el color no se confunden, hay simultaneidad. Y añado: también sensualidad y una lograda armonía para desarrollar una identidad de la angustia y de la melancolía. Y esta cita de Henry Miller viene a culminar esta reseña: “Sólo quienes pueden admitir la luz en sus entrañas pueden plasmar lo que se halla en el corazón”. Humberto tiene un corazón que palpita en la punta de un pincel y en los ojos de su mente.
viernes 15 de junio de 2007
miércoles 6 de junio de 2007
Exposicion "La Libertad Sexual" de RepARTE
Artista: Humberto de Jesús Viñas García
Título: 'Mujer con cuerno' (2006)
Técnicas: Óleo sobre lienzo
Medidas: 80x53 cm.
'Club RepARTE del Coleccionista'
Información: GALERIA RepARTE
Título: 'Mujer con cuerno' (2006)
Técnicas: Óleo sobre lienzo
Medidas: 80x53 cm.
'Club RepARTE del Coleccionista'
Información: GALERIA RepARTE
Qué dicen de su obra I
Reseña sobre la Exposición de HUMBERTO DE JESÚS VIÑAS en La Habana
Por Gregorio Vigil-Escalera Alonso, en Madrid, 30 de Enero de 2006
Dicen que la paleta de un pintor es su espíritu, su alma. Nunca mejor dicho en el caso de Humberto, que deposita en sus manos y en sus ojos la vieja sabiduría de la pintura, la que se decanta paulatinamente a través del tiempo, hasta llegar a esta exaltación barroca del movimiento y de las onduladas y misteriosas formas que nos proponen cuerpos, ojos, rostros, manos, y esos pequeños habitantes del lienzo que son las casas, las moradas de esos personajes que salen de ellas para transmitirnos ¿el qué?. Y también su pasión, la que pinta en sus sueños, la que duerme en sus manos y en su mirada. Lo conozco, por eso lo puedo afirmar.
Y hablamos de la misma sabiduría de que era genial poseedor Leonardo Da Vinci, de ese ascendiente del pintor sobre el espíritu de los hombres, que puede inducir al amor y al enamoramiento con un cuadro que no retrata a una mujer existente en la realidad. Humberto retrata la belleza de unos cuerpos, de unos seres que somos nosotros, que se comunican entre ellos y con nosotros, que no sólo tienen un color sino muchos para expresar su abatimiento, su alegría y su dolor, pues es en esa minúscula casa, pululante al fondo o delante de la tela, donde uno nace, ama, convive, engendra, come, duerme, descansa y muere.
El secreto de esa sabia traslación de lo imaginado a lo plástico reside en la construcción de ese calidoscopio visual que se deposita en la mente de Humberto, conjugando la magia del color con la estructuración de espacios de geometría figurativa que desembocan en propuestas alegóricas que seducen, atraen y hasta enamoran. No lo puede evitar. Están ahí para eso, para que nos inviten a ser sus iconos.
No me gusta etiquetar esta obra, no es necesario, lo importante es si llega a donde se propuso, que no es desde luego un replanteamiento conceptualista, ni una revisión de tendencias vanguardistas -la mayoría efímeras y hasta horrendas-, ni nada por el estilo, es simplemente una reflexión y ejecución de un saber pictórico, basado en las inteligentes premisas que postulaba Matisse: composición, color, forma. E imaginación, inmensa imaginación.
Evidentemente, hay una temática de fondo que está presente, que ha guiado el trabajo del pintor, que lo ha obligado a unas exigencias, de libre interpretación, encaminadas a dotarle, dentro de su propio e íntimo lenguaje, de un marco de desarrollo gramatical. Pues bien, lo ha conseguido y de una forma sutil, creando un mundo de ilusión, de esperanza, de fin del sufrimiento que la urbe nos proporciona en su crueldad, en su indiferencia, en sus rectas y esquinas a pesar de que son obra del mismo ser que las construye y habita. Así nos lo señala esos rostros máscaras, esas manos y miembros en reposo, esas lunas, esos hogares de los que únicamente vemos su inocente dibujo. Y también trata de establecer con el espectador una relación de intimidad, son obras íntimas, para hablar con ellas en silencio (las flechas nos lo están requiriendo), pero hablando con los ojos que son la única manera de hacerlas nuestras
Podríamos extendernos más sobre las excelencias de esta exposición pero las palabras, en este caso, nunca podrán sustituir, en primer lugar, el equilibrio que se desprende de toda la exposición, su fuerza plástica, su belleza, en definitiva la culminación de un hacer que lleva muchos años madurando. Como el añejo que el gusta a él.
Por Gregorio Vigil-Escalera Alonso, en Madrid, 30 de Enero de 2006
Dicen que la paleta de un pintor es su espíritu, su alma. Nunca mejor dicho en el caso de Humberto, que deposita en sus manos y en sus ojos la vieja sabiduría de la pintura, la que se decanta paulatinamente a través del tiempo, hasta llegar a esta exaltación barroca del movimiento y de las onduladas y misteriosas formas que nos proponen cuerpos, ojos, rostros, manos, y esos pequeños habitantes del lienzo que son las casas, las moradas de esos personajes que salen de ellas para transmitirnos ¿el qué?. Y también su pasión, la que pinta en sus sueños, la que duerme en sus manos y en su mirada. Lo conozco, por eso lo puedo afirmar.
Y hablamos de la misma sabiduría de que era genial poseedor Leonardo Da Vinci, de ese ascendiente del pintor sobre el espíritu de los hombres, que puede inducir al amor y al enamoramiento con un cuadro que no retrata a una mujer existente en la realidad. Humberto retrata la belleza de unos cuerpos, de unos seres que somos nosotros, que se comunican entre ellos y con nosotros, que no sólo tienen un color sino muchos para expresar su abatimiento, su alegría y su dolor, pues es en esa minúscula casa, pululante al fondo o delante de la tela, donde uno nace, ama, convive, engendra, come, duerme, descansa y muere.
El secreto de esa sabia traslación de lo imaginado a lo plástico reside en la construcción de ese calidoscopio visual que se deposita en la mente de Humberto, conjugando la magia del color con la estructuración de espacios de geometría figurativa que desembocan en propuestas alegóricas que seducen, atraen y hasta enamoran. No lo puede evitar. Están ahí para eso, para que nos inviten a ser sus iconos.
No me gusta etiquetar esta obra, no es necesario, lo importante es si llega a donde se propuso, que no es desde luego un replanteamiento conceptualista, ni una revisión de tendencias vanguardistas -la mayoría efímeras y hasta horrendas-, ni nada por el estilo, es simplemente una reflexión y ejecución de un saber pictórico, basado en las inteligentes premisas que postulaba Matisse: composición, color, forma. E imaginación, inmensa imaginación.
Evidentemente, hay una temática de fondo que está presente, que ha guiado el trabajo del pintor, que lo ha obligado a unas exigencias, de libre interpretación, encaminadas a dotarle, dentro de su propio e íntimo lenguaje, de un marco de desarrollo gramatical. Pues bien, lo ha conseguido y de una forma sutil, creando un mundo de ilusión, de esperanza, de fin del sufrimiento que la urbe nos proporciona en su crueldad, en su indiferencia, en sus rectas y esquinas a pesar de que son obra del mismo ser que las construye y habita. Así nos lo señala esos rostros máscaras, esas manos y miembros en reposo, esas lunas, esos hogares de los que únicamente vemos su inocente dibujo. Y también trata de establecer con el espectador una relación de intimidad, son obras íntimas, para hablar con ellas en silencio (las flechas nos lo están requiriendo), pero hablando con los ojos que son la única manera de hacerlas nuestras
Podríamos extendernos más sobre las excelencias de esta exposición pero las palabras, en este caso, nunca podrán sustituir, en primer lugar, el equilibrio que se desprende de toda la exposición, su fuerza plástica, su belleza, en definitiva la culminación de un hacer que lleva muchos años madurando. Como el añejo que el gusta a él.
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